Asociación colombiana de derecho penal empresarial

INTELIGENCIA SENSIBLE EN TIEMPOS DE COVID-19.

Hoover Wadith Ruiz Rengifo

El hombre ha progresado poco en lo que tiene que ver con la parte afectiva. Estamos viviendo un momento histórico crucial con el covid-19, en que la humanidad se enfrenta contra la misma humanidad, porque no podemos hablar de guerra, ya que es el humano contra lo no humano (Alain Touraine), que llega a convertirse en una guerra consigo mismo. Conocemos que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero éticamente es un “pigmeo”.  El hombre se ha olvidado de sí mismo. Un factor medidor es la crisis global de Derechos Humanos con esta pandemia.  Autores como el israelí Yuval Noah Harari menciona la llegada después del Coronavirus “un mundo diferente”. En este orden, el filósofo Zizet señala que es el fin del Capitalismo, distinto al planteamiento del surcoreano que reside en Berlín Byung Chul-Han al señalar que el capitalismo será mayor. Un hipercapitalismo. Un crecimiento exponencial del individualismo. Vamos a depender de lo tecnológico para la toma de las decisiones políticas eficaces, biotecnopolítica.

Seremos capaces de superar la crisis de la pandemia, sí, pero la condición humana que se puso a prueba no, el hombre seguirá por el camino de la ambición, desenfreno y preso del consumismo, como bien lo señala el Catedrático de Columbia Timothy Wu, que la vida se convirtió en una mercancía. Habrá cambios individuales, pero no colectivos. Seguiremos aferrados a modelos de soberanía trasnochadas, cerrando fronteras. El miedo al otro. El fracaso de la Unión Europea, se nota con la crisis humanitaria de Siria y ahora con el Coronavirus.

La era digital que de manera disruptiva llega, adelantada de forma perversa con el Covid-19 (ya se veía llegar con la Revolución 4.0 y la tecnología 5 G), permite entre otras cosas, un mundo sin dinero en efectivo. Esta particularidad, abre el horizonte para la hipervigilancia como ocurre en China, una sociedad orweliana 1984, big brother. El nacimiento del dataísmo. Preocupa la falta de “cultura digital”, distinto al gigante asiático, China, que tiene pasión por la digitalización, es ya cultural para ellos. A través del big data lo chinos frenaron la propagación del Coronavirus, amén de su consabido colectivismo. El gran peligro de este factor es que viene la manipulación de las megacorporaciones (atentos a esto Compliance Officers), como ya ocurrió con la fuga de datos con Analítica (Facebook). El mundo después de la pandemia nos ofrece una manera más de realizar cambios esenciales. Un nuevo contrato social. Una nueva Constitución. Solidaridad global. Se abre la necesidad de una Constitución Planetaria. Se requiere un Derecho (penal) Planetario. 

La grave amenaza a la continuidad de la especie humana, viene visto por el calentamiento global y las sustancias tóxicas en los objetos que a diario consumimos. Esta pandemia es responsabilidad de todos, obedece a un mal manejo de nuestra casa, el Planeta Tierra. Dejemos de lado las teorías especuladoras de una guerra biológica, porque de ser así, entramos a la era de la biopolítica digital, acompañada de una psicopolítica digital, para controlar la sociedad (Así Byung Chul- Han). Una dictadura digital de la que menciona Yuval Noah Harari. Una nueva sociedad de clase digital. Proponemos un Planeta ético. Un mundo donde prime el colectivismo para el bien común. Un mundo global ético es aquel donde nadie quiere herir a nadie. La  crisis del Coronavirus desnuda la existencia de un mundo sin humanos. No hay líderes mundiales. Trump no lidera el mundo. Nadie. No hay estrategia. No hay dirección. No hay ideas. Una máquina biológica pequeña nos tiene arrinconados. Preocupa la soledad. Es la era de la paciencia.  

Habrá que recuperar la cercanía de la humanidad o estamos perdidos. Lo peligroso es que surja un dictador que llene ese vacío de liderazgo. Estamos aislados a la suerte, impotentes. Solos y tristes. Condicionados al delivery. Somos frágiles. El virus Coronavirus nos muestra que somos vulnerables. Ataquemos. Nos piden quedar en casa, pero no hemos atacado al virus que no tiene vacuna. Un virus se corona como dueño del mundo, en Disney se apagó la magia, New york ahora si duerme, y ningún camino quiera conducir a Roma, no sabemos si el daño es a propósito o si es nuestra irresponsabilidad de nosotros mismos, pero la amenaza está ahí,  aparece en un vídeo por las redes sociales. Estamos desarmados. Todo cambió. El virus coronavirus cambia todo. Es un mundo diferente. Nuevo. Nuevo contrato social, ojalá con criterios éticos. Un nuevo orden mundial. Nuevas costumbres sociales. Nueva educación. Nuevo derecho (penal). Nueva Constitución Política. Una nueva sociedad. Una nueva etapa de la historia. Otras prioridades.

Los problemas actuales y los que vienen por la crisis global del Coronavirus se vislumbra que a las potencias de occidente les interesa más lo económico que la vida misma. Con el Covid-19 se evidencia un populismo global. Los problemas globales no están en las agendas nacionales. La pandemia necesita una solución global. Pero ante un problema global complejo, se requiere una respuesta de solución compleja. Se trata de la supervivencia de la humanidad. Vivenciamos una carencia de instituciones globales adecuadas.  La actividad humana es la principal causante de esta crisis que esta vez afecta al mismo hombre. No es un problema de capital, aún  no se comprueba si es perversidad de las megacorporaciones. Mejor si no lo es, porque de serlo, será necesario un Compliance Planetario. Se demuestra la necesidad de un cambio en la condición humana. Esta crisis por donde se le vea, toca de forma enorme al hombre mismo. Es el hombre mismo en juego. Todo esto es porque tenemos en peligro la madre Tierra.

Se gesta en desagradecimiento por nuestra casa. Nuestro albergue está en peligro. La Política mundial con el ascenso de Donald Trump al poder, es una desesperanza. El panorama de la actividad humana con el planeta es desolador. La tendencia con toda esta crisis es apuntar todas las fuerzas por lo ecológico. Se anticipa la exigencia por un mercado sostenible. Lo sustentable es mejor. Lo más saludable es lo que importa, y en últimas lo más humano. Es la tendencia del mercado después de la pandemia. De lo contrario vamos a desaparecer muy pronto. La fijación es sin duda, el ser humano mismo. Es cuestión de lógica, si no cuidamos la casa donde habitamos, ¿dónde viviremos?

La tendencia verde, pero más allá está la ecológica, se ciñe a una sola cualidad, la sensibilidad. Una inteligencia sensible. Nuestro cerebro ha hecho enormes avances. El proceso evolutivo es ingente, pero en cuanto a la sensibilidad, o el afecto, está estancado. Esta crisis global por el Covid-19, se supera con inteligencia sensible. La exigencia y práctica de innumerables actitudes para frenar el calentamiento global, son, en suma, actitudes propias cargadas de sensibilidad. Son más efectivas. Si se actúa con sensibilidad se propicia mejor nuestro cerebro. Existe una alta preocupación por conocer de dónde se viene y para dónde vamos. Lo anterior obedece a que no sólo se trata de sobrevivir en este mundo a como dé lugar, sino que también interesa conocer de dónde venimos para saber a dónde vamos, y dejar la postura acomodada de vivir por vivir. De hecho, en los últimos años hemos estado en confort.

Aquello, ha generado un replanteo de las tesis materialistas, espiritualistas e incluso la extraterrestre sobre el origen del hombre: “la sopa de la vida, pudo cocinarse con ingredientes extraterrestre”, afirma una investigación aparecida en la revista Astrophysical Journal Letters al mostrar cómo las condiciones que se produjeron alrededor de una lejanísima estrella podrían haber favorecido la formación de un tipo de aminoácidos frente al otro. Investigaciones anteriores ya habían demostrado como los aminoácidos, los ladrillos orgánicos para construir vida, podían formarse en cualquier lugar del cosmos.

Lo que ha llevado a aproximar sus conclusiones a los científicos que hay más evidencias que nunca que la vida en la Tierra pudo haberse originado de material procedente de asteroides y cometas. Anotamos que esta tesis del origen de la vida, no logra determinar el/o los mecanismo/s por lo que la mezcla desigual se preservó en el largo trayecto desde la formación de lejanas estrellas. No hay evidencia que esto es así, dicha mezcla cómo se conservó en el largo viaje a la Tierra. El hombre durante mucho tiempo se encuentra en el <> de dos nadas: la que nos precede y la que sigue. Ante esta extraña condición recurre a lo <>, a lo que la religión en el pasado mal utilizó, como el desastre de la Inquisición en el Medioevo.  Lo mejor en los tiempos del Covid-19 no recurrir a la religión, como lo anticipa la bien intencionada poesía de Eugenio Montejo en Terredad sino a la solidaridad global y la espiritualidad, que es más real o pragmática. Jesús fue espiritual más que religioso. Y sus enseñanzas son el mejor catálogo de ética jamás visto. La discusión de dónde venimos y para dónde vamos, ya no tiene sentido. Importa es el cómo sobrevivimos en esta Tierra que somos unos meros huéspedes. Es poco el tiempo que le queda el hombre en la Tierra, por lo que lo mejor es aprender a convivir en la fraternidad, lo demuestra la actual pandemia. La sensibilidad, el eslabón perdido.

 Lo dice el poeta Eugenio Montejo: "En el bosque, donde es pecado hablar, pasearse, / no poseer raíz, no tener ramas, / ¿qué puede hacer un hombre?". "Dura menos un hombre que una vela/ pero la tierra prefiere su lumbre/ para seguir el paso de los astros…”.  Claro que la terredad no es materialista.

Del mismo modo, la estampida de grupos religiosos, unos por lograr tranquilidad (ahora en su mayoría asustados y anómicos), otros de manera inconsciente prepararse para el fin. Lo cierto es que el balance del mundo del pragmatismo exagerado ha sido también una ilusión. El idealismo tampoco ha logrado gran cosa. De todos modos, la consigna es que no todo está perdido. Otro mundo es posible.

La humanidad todavía puede levantarse y permanecer después del Covid-19. Estamos en tiempo.  La esperanza aún persiste, como bien lo dice el Papa Francisco en una entrevista virtual a finales de este mes de marzo/2020, que es mejor la esperanza que el optimismo en estos tiempos del Coronavirus.

Es la oportunidad de revisión de nuestra condición como seres humanos. Es una realidad. La gran revolución es cambiar la realidad para mejor. Quienes quieren cambiar el mundo, con sueños mesiánicos, no están en nada. El ser humano sueña, pero se requiere concreciones, metas. Necesita imaginar nuevos mundos mejores. Es propio del ser humano. Es peligroso construir utopías en el campo social, puesto que cada vez que lo ha hecho como el caso de la ex unión soviética, ha sido desastroso. Dicha utopía social constituyó la mayor amenaza a las democracias. La homogeneidad absoluta no existe, ya que somos diferentes, pero si necesitamos abandonar el hiperindividualismo propio de Occidente, para dar paso al colectivismo. Las utopías, están detrás de las tiranías. No es malo soñar. Los sueños con los pies en la tierra. Podemos soñar en la literatura, la música, la pintura, que no es malo. No hay que renunciar a soñar, pero que estos sueños sean metas.

Durante mucho tiempo, desde que tengo uso de razón, he escuchado voces que habrá una tercera guerra mundial. En la época de la guerra fría este discurso permanecía en los gobiernos de las dos potencias y sus aliados. Estados Unidos y la Unión Soviética así lo mostraban. El fuerte se basaba en la creación de armas nucleares y alta tecnología de espionaje. Una fuerza fijada en armas. Sigue latente en el mundo, pero ya no ocupa un papel central. Un virus, puede ser la herramienta más eficaz para una guerra, pero este caso del Covid-19 no muestra guerra biológica alguna. La tercera guerra mundial ya está, es con el mismo hombre, en la lucha por una nueva condición humana. Ha sido el sentir de autores como Ernesto Sábato en las cinco cartas que ahonda en su texto “la resistencia” al abogar por un nuevo humanismo. Son las emociones las que nos permiten superar ciertas crisis, pero también son estas las que nos arrastra y puede desbordar nuestra inteligencia.

Desde el inicio de la humanidad, las emociones han desbordado la razón. No es otro el sentido bíblico del pecado de Adán y Eva y su expulsión del paraíso. Las leyes de Dios en la biblia antiguo testamento, el Corán, el Código Hammurabi, entre otros código  éticos, son intentos desesperados del hombre por dominar las emociones. Son reglas básicas, para controlar las emociones y que surgen del individuo primeramente y evitar que desborde la razón. De esta manera se logra una gran sensibilidad.  En la película “Dos Papas”, de Netflix, hay una frase que concluye el actor que personifica al Papa Francisco, aplicables a los tiempos actuales del Covid-19: “Nos enfrentamos a una indiferencia globalizada, a una cultura de conflicto que nos hace pensar sólo en nosotros mismos, vivimos en pompas de jabón, pero también muy endebles. Nos hemos acostumbrados al sufrimiento de otros, mientras no me afecte a mí, nadie en el mundo quiere ser responsable. Quién es responsable por la sangre de nuestros hermanos y hermanas, por los cuerpos de refugiados en las costas del Mediterráneo, yo no tengo nada que ver con eso, debió ser alguien más, pero les aseguro que yo no fui. Cuando nadie es responsable, todos somos responsables”.